lunes, 10 de enero de 2011

Ya llega el Tiempo Ordinario

Este domingo hemos visto cómo Jesús pidió a Juan el Bautista que le bautizara en el Jordán. Y vimos cómo el que nuestro Señor se hizo uno más para ser bautizado como nosotros. Estamos ante algo inaudito: Dios se hace hombre (que ya es algo nunca visto anteriormente en la Historia de la Salvación) y encima quiere vivir como nosotros. Con todo lo que eso conlleva.
Es una escena que penetra en mi mente como un susurro: Jesús en el río, rodeado de gentes pecadoras, justos muchos, otros incrédulos, algunos enfermos del alma más que del cuerpo, y Él allí, de pie ante El Bautista. Me emociona saber que lo hizo por mi también.
Y recuerdo cuando, a mis 28 años, fui bautizada por segunda vez. Mis padres me negaron siempre que había sido bautizada por mis tías, pues eran épocas en Cuba en que reconocer la filiación a Dios era una mancha en el "expediente" (este es un documento virtual, pero que no conviene manchar por nada, pues te pueden hacer la vida imposible). Y así llegué a la edad de 28 años creyendo que no había sido bautizada. Recuerdo que el padre Roque Audet me bautizó en la Parroquia de Bahía Honda, sola, para que el resto de mis amigos no se enterasen. Como conocía de muchos casos parecidos, me explicó que seguro yo estaba bautizada pero que era un día muy importante para mi pues en ese momento lo hacía concientemente  y con gran deseo y eso era lo que importaba a Dios.
Y en el momento en que me ungió con el aceite mientras pronunciaba una serie de oraciones (que yo casi no escuchaba por la emoción), sentí que Jesús estaba conmigo y que ese simple acto me convertía, sin duda alguna, en hija de Dios. Era como si las palabras salidas del cielo en el bautizo del Señor se aplicaran justamente a mi: "Esta es mi hija amada, mi predilecta".
Desde entonces, con altibajos y errores inevitables, nunca he dudado de ser una hija de Dios. Siempre he sentido su presencia en mi vida y siempre he visto una luz frente a mi que ilumina mis pasos. Soy un ser humano con muchos defectos; pero Jesús va conmigo ayudándome a corregirlos, por eso vivo en la espera sin dudar que, un día, podré decirle ¡Padre!.



Oración: Padre que los que hemos sido bautizados en Tu Nombre, en el de Jesús y el del Espíritu Santo, sepamos ser buenos hijos, abnegados y humildes toda nuestra vida para que nos recibas en la otra vida y podamos vivir en tu amor eternamente. Amén.


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