domingo, 3 de abril de 2011

Un Evangelio para caminar en la Cuaresma

El relato de hoy es evidentemente un llamado a los que confesamos la fe en Dios Trinidad: Jesús es la fuente de luz que nos abre los ojos para ver la realidad de nuestra vida.  Yo he caminado en tinieblas durante muchos años, apartada de Dios por ignorancia y alejada después, por conveniencia, y siempre que me levanto le doy gracias por haber donado a su Hijo Único para que me encontrase con Él en algún momento. 
Creo y tengo fe porque un día Jesús apareció en mi vida de tal forma que ya nunca seré la misma. Mi ojos eran ciegos y mi actitud pasiva, como este ciego de nacimiento que no habla, no grita, no pide ayuda y, sin embargo, Jesús se apiadó de él y le curó.
¿Cuántas veces andamos ciegos, de espaldas a las cosas de Dios? Que son nuestras cosas, de nadie más, sólo que Él quiere mostrarnos su amor apoyándonos, guiándonos, curándonos.
Llevo días fuera del blog porque necesitaba descanso y silencio, prepararme para estos días que vienen, para que me cojan despierta, con los ojos bien abiertos. No puedo callarme: le hablo y le pido ayuda, le saludo y le visito en en mi corazón o en el Sagrario. Es mi confesor y mi apoyo, mi valedor y mi bastón. 
Nada es igual después del encuentro con Jesús. No se cómo aquellos fariseos (que en general eran hombres muy de Dios) no se dieron cuenta de esa realidad, cómo dudaron, cómo acusaron por haber curado un sábado. Cómo no se dieron cuenta de que era el Hijo de Dios.
Aún hoy persisten esas actitudes de dudas o negaciones. Incluso entre los que se dicen cristianos.
Hay que aprovechar estos días para mirarnos hacia adentro, al fondo del corazón, al último átomo de nuestra fe y pedirle al Señor que nos mire, que no pase de largo, que estamos aquí,  en el camino, esperándole.

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