lunes, 21 de abril de 2008

Carta de gratitud.

Soy de esas personas que no creen en las casualidades; pero sí en que las cosas que te ocurren en la vida vienen en un plan de Alguien que sabe de y de tu más recóndito interior. Así me ha pasado con todo en estos 45 años que llevo en la Tierra, como ser alumna destacada, volando por encima de una mala salud. Tener vocación por sanar a otros a partir de ello, luchar por un sueño y conseguirlo, todo tuvo un por qué y una clarividencia que estaba por encima de mi capacidad. El encuentro con Dios también fue de esas cosas que no "debía" ocurrir, dado el medio en que me desarrollé; pero allí puso Dios una persona, a la que no dí nunca las gracias por ello, y que era mi amigo Andrés, Andresito para todos sus amigos. También estuvo con él José Ramón, una de las personas más dulce y buena que he tratado, que estaba con los Hermanos Capuchinos en aquél momento. Ambos me enseñaron la Palabra y me hicieron entrar en un mundo hasta ese momento desconocido para mí. Así me integré en la Parroquia de Bahía Honda, pueblo a donde había sido destinada a trabajar. Era un grupo de católicos magnífico, con unos jóvenes entregados y activos, nadando a contracorriente dentro de una sociedad que ya no tenía un Norte espiritual.
El coro era muy bueno, habían chicas dignas de cantar en un coro de gospel, de esos que salen en las pelis de negros afro americanos. El cura era un Misionero Canadiense, del cual no recuerdo el nombre, pues siempre le traté de Padre: se lo merecía sin reservas. Él me bautizó de nuevo, pues yo quería hacerlo de forma conciente y con él hice mi Confirmación y primera Comunión. Nunca logré cantar en el coro porque el cura decía que si yo cantaba, él perdía a sus feligreses ( porque no me escuchó en Portugal, cantando la Salve Rociera jejeje).

Con Andresito y José Ramón comencé a visitar a los Salesianos de La Habana Vieja, los del Templo de Mª Auxiliadora, sita en Brasil 113, si me acuerdo bien. Allí estaban el P. Bruno y el P. Juan, ambos italianos, salesianos de la cabeza a los pies, que empezaron a guiarme más seriamente para que yo comprendiera la Buena Nueva y la Doctrina de la Iglesia. Y ellos me llevaron ante la M. Sor María Rosa, superiora de las H.M.A. (Hijas de María Auxiliadora), con las cuales pasé momentos inolvidables y a las que agradeceré siempre su preocupación por mí. Allí iba los fines de semana y los días de vacaciones, aprendiendo lenta pero eficazmente, que Dios tenía un plan para mí. Me enseñaron a orar, a cultivarme en la Biblia, a trabajar sin descanso, sin pensar en mi interés personal solamente.

Con los años entendí que ser cristiano, comprometerme con mi Parroquia, con la oración y la acción eran el plan que se había trazado desde hacía mucho y eso es lo que trato de hacer diariamente: ser mejor cristiana siendo mejor trabajador, mejor hija, mejor esposa y mejor hermana, amiga y compañera. Aunque a veces cuesta, se lo ofrezco diariamente al Señor, con entusiasmo y gratitud. Gratitud porque sin su impulso y apoyo no se pueden hacer las cosas. Gratitud por todas aquellas personas que puso en mi camino y que han contribuido a mi enriquecimiento espiritual. Pero como vamos creciendo todo el tiempo, también le agradezco por todos aquellos que conozco actualmente y que , sin saberlo casi, me ayudan a ser mejor.