jueves, 24 de abril de 2008

La gente de mi barrio.

Muchas veces he pensado en lo que dejé atrás, hace ya trece años; pero si me preguntaran qué es lo que más extraño diría sin vacilar: la gente que dejé allá. Cuba es una metáfora en mi vida y también una nebulosa que cada cierto tiempo veo por el prismático de otros, buscando en el cielo de las noticias aquellas que, supongo, son más verídicas. Con los años he aprendido que el papel aguanta mucho más de lo que parecería a simple vista, si lo pesamos o medimos. Así las cosas sólo escucho la voz de mi memoria y, si a veces lo paso al papel, léase ordenador, es por el miedo a ese Alzehimer que anda por ahí y que cualquier día me pilla, cual moderno hombre del saco.
Ahora y aquí recuerdo la turba de chiquillos que éramos, corriendo detrás de un perro o gato que se perdió en nuestro barrio, persiguiéndoles para experimentar la crueldad, bandera ineludible bajo la cual íbamos todos hasta crecer un poquín más. Los días en el parque comunitario, donde Vladimir y sus tres hermanos colgaban un sapo de una vara y nos asustaban a las niñas (nunca he sabido el miedo, tan generalizado que le teníamos a esos pobres batracios), hasta que llamábamos a las madres protectoras para que "sacaran la cara por una". Y el beisbol o pelota, que muchas veces se jugaba con la cabeza de una muñeca al no tener la bola real. Mi muñeca Dunia terminó sus días de esa forma y yo tan pancha. No se me olvidan las broncas de los chicos, más frecuentes de lo que parece (gracias a Dios siempre acabábamos amigos para siempre), en las que se enarbolaban las armas más insólitas, o sea: lo que tuvieras a mano. Recuerdo un día especialmente duro en que Elizardito me golpeó con un ladrillo en toda la mollera y yo estuve a punto de arrancarle el cuero cabelludo con una lata. Pero lo mejor era jugar a los piratas, al tejo y a los corros, donde participábamos ambos sexos sin complejos, riendo y gritando con toda la fuerza de los pulmones que te da la edad. La pandilla se componía de los tres hijos de Odilia: Juan Carlos, Ernesto y Vladimir. Los de Maruca eran Elizardito y Elizabet. Adela, la hija de Nena y a veces se incorporaban parte de los hijos de Monguito Revolución (tremendo sobrenombre, de hecho nunca supe su nombre verdadero). Nada como la infancia para conjurar los recuerdos más pillos e inocentes.
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