sábado, 16 de octubre de 2010

Reconocer y predicar el Evangelio.

Jesús nos advierte, muchas veces con duras palabras (Lucas 12, 8-12), que si le conocemos y sabemos de su existencia, podremos ignorarlo, pero no ponernos en contra suya, negarlo o blasfemarlo. Su palabras son de aliento, por otra parte: el que le defienda, el que le invoque confiadamente, el que no tema a las represalias por Él, Él le defenderá y le cuidará siempre, hasta el día de su juicio.
A veces he estado de espaldas a Dios. Hubo años en mi vida en que lo rechacé por una ideología falsa y esclavista. Y hubo una época en la que mi corazón lo intuía, sabía que estaba ahí; pero se cerraba porque no quería comprometerse (¡darle las riendas a Dios cuesta!). Pero Dios es perseverante y tocó tantas veces ante mi puerta que un día pudo más la curiosidad y le abrí. Su luz inundó mi ser, mi casa, mi vida entera y, desde entonces, no soy la misma.
Cuando leo a san Pablo me asombro de lo certero de sus ideas, pues siempre dice que al recibir el Espíritu somos hombres nuevos...y así me siento.
El Señor habla desde el Evangelio y nos incita a ser testigos de su amor, valederos de su verdad, pues cuando uno llega a conocer una verdad debe darla a los demás y no debe achicarse ante los ataques o malas experiencias que le toque vivir. Y es tan importante dar ejemplo como darlo bien: no vale lo que yo piense o diga, sino lo que el Espíritu  tenga a bien enseñarme. Los sentimientos pueden confundirse con la fe, pero, aunque ésta nos cree sentimientos, no es en sí misma algo de los sentidos. La fe va más allá. Por eso debemos leer mucho la Biblia, debemos buscar en los grandes orantes, en aquellos que ya han tenido un encuentro íntimo, amistoso con Dios, para nutrir nuestra fe y no flaquear en las horas de las pruebas.
Decía una compañera de grupo, hace unos días, que ella no necesitaba ver a Jesús ni tocar sus heridas, que tenía una certeza por dentro que le llevaba a creer en Dios y su Revelación por cómo había hablado Jesús a los hombres, por cómo los había amado y por cómo se había entregado por ellos, que, si no hubiese existido la resurrección, no le importaría, igual creería. 

Y para terminar, estas palabras de Benedicto XVI:

"Ten la valentía de atreverte con Dios. Prueba.
No tengas miedo de él.
Ten la valentía de arriesgar con la fe.
Ten la valentía de arriesgar con la bondad.
Ten la valentía de arriesgar con el corazón puro.
Comprometete con Dios; 
y entonces verás que precisamente así
tu vida se ensancha y se ilumina,
y no resulta aburrida,
sino llena de sorpresas,
porque la bondad infinita de Dios
no se agota jamás".



¡Que no se apague la luz de la fe en nuestras vidas, Señor!


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