lunes, 22 de diciembre de 2008

Cuarto Domingo de Adviento.

No puedo dejar de reflejar mi visión del día de ayer, Cuarto Domingo de Adviento. En él se repite una palabra clave: "¡Alégrate!". Es un día para continuar reflexionando acerca de la llegada del Salvador. Estamos inmersos en nuestras preocupaciones y no nos damos cuenta de que el anuncio del ángel a María puede interpretarse como un saludo a cada persona, a cada pobre, rico, blanco, negro, en resumen, a todas las criaturas de Dios.

Ayer, en la Plaza de San Pedro se reunieron peregrinos de muchas lenguas y países que saludaban al Papa Benedicto XVI en nombre de todos los que no pudimos estar allí. Así lo vi yo. Y cuando se dirigió a los peregrinos de lengua española, yo aplaudí entusiasmada, porque sentí que me saludaba también a mí: el Urbi et Orbis es para todo el mundo, es una bendición para todos sus habitantes, independientemente de sus razas o credos. Esa es la Buena Nueva que trae el niño: que somos hermanos por la gracia de Dios y la intercesión de Jesús.

Así que mando un saludo a todos los que pasen por aquí: Paz y bien, que sean felices y que Dios les bendiga. Que se reencuentren con los amigos lejanos y las familias que hace tiempo no ven. Que la alegría inunde sus corazones porque sois más solidarios. Que no les falte salud ni trabajo, que lo demás viene solo.
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