domingo, 28 de junio de 2009

Por la fe somos curados.


El Evangelio de hoy es como un prisma: hay muchas facetas y todas reflejan la luz de diferentes maneras:
Los discípulos están alrededor de Jesús, como si de guardaespaldas se tratase y aún así, no ven el momento en que la mujer que padecía de flujos de sangre, le toca. Jesús sí lo siente, nota que había salido fuerza de él, y pregunta ¿"Quién me ha tocado el manto"?.

También está la multitud que se agolpa a su alrededor. Dentro de esa cantidad de gente habría muchos curiosos, muchos incrédulos, muchos críticos, y muchos creyentes fieles. También habría muchos oportunistas.

Por eso, cuando Jesús hace su pregunta, los discípulos contestan con algo de ironía (es mi interpretación muy personal): ¿"Ves cómo te apretuja la gente y preguntas quién te ha tocado"?. Casi les faltó decir: no j...!

Y es que alrededor de Dios estamos muchos (somos más de los que lo confiesan), y todos tenemos razones diferentes, pero Él mira en nuestro interior y sabe cuando ha salido de Él la gracia para tocarnos.

Todos podemos estar representados en esa escena porque Dios no está en esa historia solamente, Él está en toda la Historia. No podemos encerrarle en un tiempo o un espacio, porque Él no depende de ninguno de ellos.

Y me gustaría pensar que que soy como la hemorroisa: que puedo "robarle" sus gracias por mi fe.

Cuanto más grande es la fe del hombre, mayor es la debilidad de Dios por él.
Eso lo dijo alguien que no recuerdo y me ilustra la comunicación que se establece entre el humilde que pide, aunque sea, tocar su manto, y la forma en que Jesús le concede la gracia de la curación. Sólo por la fe.

Así, este domingo, al oír a mi párroco hablando del Evangelio, se me inflamaba el corazón y le pedí al Señor: Acrecienta mi fe para que todos los días te alabe, Señor mío y Dios mío. Permíteme tocar siquiera tu manto, con la humilde esperanza de que vea fortalecida mi fe y mi caridad.

Esa ha sido hoy mi petición eucarística, espero que el Señor me haya escuchado.




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