domingo, 15 de noviembre de 2009

Domingo 33 del Tiempo Ordinario.


Casi acabamos el Año Litúrgico actual, ya está a las puertas el Adviento y una nueva Navidad. La lectura de este domingo 33 del Tiempo Ordinario viene con tintes apocalípticos, tanto la primera, tomada del Libro de Daniel como el Evangelio de san Marcos.

El próximo domingo es la fiesta de Cristo Rey; pero en éste vemos que la Iglesia nos invita a reflexionar, a madurar sobre "las realidades últimas" o escatología.

Daniel habla de la salvación eterna de unos y la condenación eterna de otros. Hay que tener en cuenta, en este libro, la dimensión humana, real (los hechos y palabras históricas) y la dimensión sobrenatural, espiritual lo que Dios nos quiere decir, tal como lo interpreta la Iglesia.

La lectura real habla de lo que pasó en esa época tan difícil para el pueblo de Israel, de la traición de unos, llegando hasta la apostasía, y del martirio de otros, como los Macabeos, que se negaron a servir al extranjero. Daniel interpreta la historia como una lucha en la que Dios toma parte a favor de su pueblo, en contra de los opresores. Habla de que los justos resucitarán en la carne y entonces serán separados: unos obtendrán la vida perpetua y otros la ignominia, perpetua también. Con lo cual, a pesar de la oscuridad de las palabras, nos debe quedar claro que llegará un tiempo en el que acabarán los sufrimientos presentes y Dios tomará partido por los hayan vivido sabiamente, enseñando a los demás su palabra.
Hay un tiempo del hombre y un tiempo de Dios. El nuestro es pasajero (corta es la vida del hombre) pero el de Dios es eterno. Para entrar en ese tiempo divino, el cristiano sufre interior y exteriormente: la conversión espiritual y la muerte física.
Por eso, a veces, se nos hace difícil entender la muerte y otras veces, es difícil escuchar malas palabras acerca de nuestra fe.

El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. En esta parte del Evangelio, se describe el discurso de Jesús, que es escatológico, pues habla del fin de los tiempos, del juicio final. Jesús vino a darnos una noticia muy importante, una buena nueva fundamental: seremos juzgados finalmente, pero seremos salvados si, en nuestra vida en el mundo, somos capaces de mantenernos a su lado, seguimos sus enseñanzas y las mostramos a otros.

La fecha y hora de la muerte y el juicio no lo sabe nadie, así que no debemos darle vueltas en nuestras cabezas, sólo debemos ser fieles y esperar, esperar contra toda esperanza.

Ambas lecturas hablan de juicio, pero la segunda habla de la venida triunfal de Jesús, que es lo que nos debe importar: estar alertas, encender la lámpara.

Y eso sólo podemos hacerlo si nos sentimos parte de la Iglesia, compartiendo nuestra vida con los demás, participando de la Eucaristía que es participar de la vida y resurrección del Señor.


En resumen: algún día tendremos que dar cuentas a Dios del buen o mal uso que estemos haciendo de nuestra libertad. Del resultado de ese juicio dependerá nuestra eternidad. Siempre tenemos que estar a la espera de ese juicio porque el día y la hora sólo lo sabe Dios. El cristiano está siempre en situación de adviento, de espera de la venida del Señor.


(Extractado de lo que he entendido de la homilía de ayer del padre Antonio, del Apostolado Mundial de Fátima y del libro Catequesis familiar del Día del Señor del padre Celestino Gómez Jaldón).


Confiemos en el Señor y digamos como el salmista:



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