jueves, 5 de noviembre de 2009

No escribo desde hace días


pero no quiero dejar pasar las fechas señaladas que tuvimos sin escribir algo.

En una Eucaristía muy linda (como siempre) nuestro Conciliario, padre José Antonio Sosa, dijo algo sobre lo que nunca había meditado. Y es que, cuando el sacerdote echa el poquito de agua en el cáliz con vino, antes de santificarlo para la comunión, realiza ese acto para, de manera simbólica, mezclar el vino, que se transmutará en sangre de Cristo, con el agua, que nos representa a todos nosotros, que así entramos en comunión con todos los santos. ¿Y quienes son los santos de Dios? Pues su pueblo, el que Él se eligió. Y ahí estuvimos el primer día de este mes.

Seguidamente tuvimos el Día de los fieles difuntos, que también se mezcla con el día vivido por todos y cada uno de nosotros, pues esta vida es el camino que debemos transitar para llegar, un día, a la patria celestial, donde estaremos en comunión con aquellos que nos han precedido. Porque si morimos en Cristo, en Él resucitaremos, como ya dijo san Pablo.

Al recordar ambos días y celebrarlo, al orar y alabar y pedir por todos ellos, estamos uniendo nuestros destinos a los de todos los fieles del Señor y estamos intercediendo porque sus almas estén en el lugar que les corresponden: al lado del Señor, viviendo de su gloria.

¡Ojalá podamos un día encontrarnos en ese estado de felicidad que nos promete Jesús, aunque para ellos tengamos que cargar con nuestras cruces diarias!.

Roguemos al Señor: escucha a tu pueblo y no mires nuestros pecados, admítenos en la luz de tu gloria.


Publicar un comentario