domingo, 6 de diciembre de 2009

Segundo domingo de Adviento: la conversión.

Ayer, mientras preparaba las lecturas de este domingo, leí los comentarios de varias fuentes: Magníficat (escrito por David Amado Fernández), el libro Catequesis Familiar del Día del Señor (del padre Celestino) y unas pps que me manda el padre José Antonio todos los domingos para la meditación y de todo ello saco la conclusión de que si el domingo pasado la palabra nos hablaba de esperanza, este domingo nos habla de conversión.


Las lecturas nos llevan a comprender que estamos en la misma situación que en la época de Juan el Bautista: en el Adviento vivimos a la espera, preparando los caminos del Señor.


¿Y cómo voy preparando mi vida y mi corazón en estos días?. Me hago esa pregunta constantemente: ¿cómo puedo contribuir con mis hermanos, para que vean lo que yo?. Me falta mucho camino personal para poder decir que soy una discípula; pero se que, si persevero en la oración y la acción, podré un día, mirarle a los ojos y decirle: hice todo lo que pude y algo más.


Tengo fe en que Dios podará de mi todo lo malo, vacío y mezquino que llevo dentro. Él no mide con nuestras medidas, pues es infinito, pero yo tengo que adaptar mi conversión a mi pequeñez, a mi limitado conocimiento. Sólo tengo que pedirle al Señor que me de la gracia, que ya lo demás vendrá por sí mismo.


En estos días de Adviento hablo con Dios mediante la oración de san Ignacio:




"Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad,


mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad,


todo mi haber y todo mi poseer.


Vos me lo disteis, a vos, Señor, lo torno,


todo es Vuestro:


disponed a toda vuestra voluntad,


dadme vuestro amor y gracia


que éstas me bastan".



¿Qué es convertirse?


Convertirse es creer en un Dios cercano a nosotros, un Dios que se hizo hombre para sentir nuestro dolor y aliviarnos. Es creer, de una vez, que el cristianismo no es una religión más sino un acontecimiento: que Dios ha decidido bajar a compartir la vida de los hombres.


Convertirse es ser una buena madre, una buena esposa, un padre dialogante y ejemplar, un buen profesional, un buen hijo, un buen amigo, es pasar por la vida tratando cada vez más de parecernos a Jesús.


Convertirse es ser un buen trabajador que no sólo esté esperando una paga, un buen empresario que no solo mire por su dinero, un gobernante que no sólo piense en su despacho, un maestro que no sólo piense en terminar sus clases, es ser, en fin, honesto en todos los puestos de la vida.


Convertirse es mirar a todos los hombres de igual forma, sin distinciones de razas o estatus social, es no callar ante las injusticias, luchar porque el mundo sea mejor y más bellos.


Convertirse es amar sin medida, sin dobleces, sin restricciones. Es saber que va a doler muchas veces, pero no desmayar. Es saber que vamos a caer muchas veces, pero que siempre estará la mano de Dios para levantarnos.


Convertirse es difícil, pero no imposible, pues Aquel que nos dió la vida quiere darnos mucho más: la eternidad, y siempre nos dará el camino para encontrarle.


Por eso hoy podemos gritar con Juan, aunque estemos en el desierto: ¡Allanad los caminos del Señor!





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