jueves, 13 de marzo de 2008

Los carnavales consolareños.

"Cuando era un niño, pensaba como un niño..." San Pablo se refirió a otras cosas, pero a mí me gusta mucho como escribe y por eso le he usado de introducción. Quiero hablar un poquito de los carnavales consolareños, aquellos que aún brillan en la memoria, como sólo pueden brillar los recuerdos en la mente de una niña. Mi madre trabajaba mucho en esos días, pues su centro de trabajo se volcaba al completo para que todo quedara bien. Trabajaba en el Centro de Elaboración, aquí sería una fábrica de alimentos o algo así. Su jefe, Juan "el lechonero" era famoso por la habilidad que tenía a la hora de asar cochinos (cosa que yo pude comprobar en muchas ocasiones), persona afable y bien llevada, que vivía en el Barrio de la Guayaba y se había hecho de un nombre local cuando fundó su propio quiosco, allá por los años 50.

En los carnavales iban a trabajar voluntarias todas las mujeres del centro, recuerdo a María Ravelo, Eugenia, Ana Martínez, Fina, Deisy, Dulce, Chicha, su hermana Yuya, Mongo Lliyo, Miguelina, Pablo y por supuesto, Irma, mi madre. Hacían bollitos, croquetas, la pasta para los panecillos, amburguesas, empanadas, buñuelos, panetelas, pudines, todo de muy buena calidad. Muchos niños se plantaban en la caseta y no se iban hasta que no lograban "tumbar" algo. Hubo unos carnavales muy populares en los que salió una canción muy pegadiza: "La caldosa de Quique y Marina". Aquello era el no va más, pues existía un plato de caldosa, una versión del ajiaco criollo de toda la vida (para los que no entiendan piensen en un puchero andaluz, pero con menos "pringá" y mas agua y vegetales) y la gente bailaba con su vaso en la mano, disfrutando del condumio y la música por igual.

Los días de carnaval íbamos en masa a las casetas, recuerdo que se ponían mesas frente a todos quioscos y veías a la gente disfrutando de su cerveza y comiendo alegremente, mientras la música sonaba en el ambiente sin parar. Las carrozas se traían de la capital, Pinar del Río y alguna hubo que fue llevada desde La Habana, llenas de brillos y papelitos de colores, con chicas jóvenes, con sus trajes de lentejuelas y sonrisas rojas, que no se cansaban de tirarte serpentinas. Y nosotros tampoco de pedírselas.

Los disfraces eran dignos de verse, pues con esas edades cualquier cosa sirve. Mi hermana y yo nos disfrazamos de negras culonas (je je je, cada cual busca lo que le falta) con almohadas amarradas a la cintura y las caras pintadas de negro y guantes y sombrillas con las que pinchábamos de vez en cuando al os otros niños que nos perseguían. El barullo era tremendo, corríamos a un costado de las carrozas, persiguiendo flashes de fotos y serpentinas, aquello cansaba que no les cuento, pero los niños tienen energías extras, así que nos regresábamos temprano porque no nos dejaban salir hasta más tarde, pero la verdad es que gozábamos de lo lindo.

Era bonito y lo sigue siendo en el recuerdo, el júbilo y la locura del carnaval que nosotros veíamos a través de ojos infantiles y juveniles, sin que se empañe su brillo, su sencillez, su alegría. Gracias a esos momentos pienso en mi pueblo con nostalgia y amor.
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