martes, 11 de marzo de 2008

Recuerdos de mis vacaciones infantiles....

A veces la memoria se comporta como un organismo vivo e independiente o es como esos sueños que se empeñan en aparecer por la mañana y no sabes dónde archivarlo ni por qué está ahí. Muchas veces me encuentro recordando episodios de mi vida en Cuba y la añoranza se apodera de esa parte de mí que aún sigue allí, esa parte que no vino en un avión porque era pasado y el pasado se llama así por eso: porque no vuelve. A menos que un día te sientes y escribas sobre él y conjures en imágenes el tiempo que pasó.

Yo fui una niña privilegiada porque mi familia era del campo, por una parte y la otra vivía en un cayo, rodeados de agua y salitre. Las vacaciones eran un acontecimiento que te mantenían despierto todas las noches desde que te informaban que ibas a ver a los abuelos y tíos y a un batallón de primos con los que jugar, correr, saltar y de vez en cuando, practicar el gancho de izquierda.

Los viajes eran una verdadera aventura porque eran algo así como ese dicho cubano que dice "cruzar el Niágara en bicicleta", pues los billetes del autobús no eran muy fáciles de conseguir y después tenías unas 18-20 horas de viaje. Yo era muy juguetona y siempre perdía cosas en los viajes, desde el vaso de beber agua, hasta el abrigo de paño de salir. Y qué decir de los juguetes. Muchos niños disfrutaron de los que dejé olvidados en las terminales o en los autobuses.

Mis abuelos maternos vivían en Las Tunas, un lugar que reconozco en muchos pueblos andaluces: casas a ras de la acera, sin portales, entradas enrejadas, con plantas por doquier. Y patios llenos de luz y azulejos, con pozos o aljibes en su centro. La casa de mis abuelos era así, amplia y con dos patios. Mi abuela tenía plantas y patos en el solar y mi abuelo criaba palomas "buchonas" y mensajeras. Recuerdo que siempre traté de entender el lenguaje de las palomas, pues cuando hacían curr, curr yo creía que me estaban dando un mensaje y mi abuelo disfrutaba haciendo historias de aparecidos y cocuyos y animales que hablan. Lo típico de las leyendas campesinas: totalmente fantásticas y muchas veces tan escalofriantes, que no te dejan dormir.

Cuando había matanza se juntaban todos los tíos (7 en total) con sus respectivas esposas e hijos. Aquello era el no va más...Se hacía arroz congrís, morcillas, carne frita y muchos chicharrones de viento. Los primos andábamos buscando la oportunidad de coger cualquier cosa, mientras los mayores hablaban entre ellos. Mi abuela se ponía algo furiosa, pero creo que era como un papel que tenía que representar, porque después te llamaba aparte y te daba algo de su delantal. Era genial.

Recuerdo los vecinos, que eran muy amables y cada vez que íbamos, preguntaban cómo nos iba la vida. Y recuerdo los perros más famosos del barrio: Campeón, que era el de mi abuelo Rafael y León que era de los vecinos de enfrente. Ambos se pasaban la vida peleándose y como yo era una niña muy inquieta y con una gran personalidad, la mayor parte de las veces, se peleaban por mí. ¡Que suerte!.

Recuerdo una ocasión en la que viajé con mi tía Mirta al campo, a caballo. Fue un viaje inolvidable, no solo por el dolor que sentí después que me bajé de aquel caballo, sino por lo peligroso que era el camino. Yo iba detrás de mi tía, que era una gran amazona y le estrujaba tanto la cintura del miedo que me dijo: "Hija, si no me mata esta bestia, lo harás tú". Evidentemente se me quitó el miedo del tirón.

En la finca de sus padres todo era bello, interesante y nuevo para mis ojos, pues tenían una fábrica de quesos y unas vacas enormes con unos cuernos que podían ensartar a tres mariselas juntas y que, sin embargo, al ponerlas a ordeñar, se dejaron tocar. No se por qué pero yo siempre había sentido una gran afinidad por esas vacas solidarias que daban su leche para que los niños pudiesen desayunar y al verlas allí, tan cerca me sentí muy especial. Cosas de niños!!!!

Aquella excursión, no obstante terminó algo mal para mí, porque de tanta bola de queso que comí (eso es queso fresco, muy fresco) me empaché y tuvieron que mandar a buscar a un vecino (que vivía unos km más allá) para que me "pasara la mano". Creo recordar que estuve por allí unos 7 días, pero fueron perfectos, dentro de mi memoria infantil, son de los mejores que atesoro. Para el que no lo sepa, el pasar la mano es un remedio casero de los más efectivos que hay: te dan un masaje por los músculos de las piernas, con aceite, y se te quita la mala digestión. Es cierto porque yo he podido comprobarlo, de echo se lo hice en Lanzarote a un médico que se quedó con la oca abierta. Él que es agnóstico, según su definición, estuvo una hora diciéndome que era bruja, hasta que le conté de dónde venía el remedio. La efectividad se basa en la relajación de los músculos, que a su vez relaja los nervios y eso influye de alguna forma, sobre el intestino. Si alguien sabe mejor respuesta que la diga.

La finca era grande y tenía unos potreros llenos de "vacas bravas" o "fajadoras" y nos entreteníamos corriendo de un árbol a otro evitándolas. Los niños del lugar eran fieras, pero la niña de la ciudad no se quedaba detrás. Recuerdo que nos subimos en una higuera, que allí son enormes árboles tropicales y nos retamos a ver quién subía más. Al final quitamos la cuerda y bajamos como pudimos, hasta que Rolando, el hermano de mi tía, bajó al resto a base de correazos. Fue muy divertido!!!sobre todo para el que logró escapar y reírse de los demás.



Es posible que continúe.....

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