martes, 4 de marzo de 2008

Yo fui a Tarará

Acabo de leer un bello artículo (léase memoria) de ese cubano que se dice llamar Yoyin (http://elyoyin.blospot.com) y me ha enternecido y ha provocado el deseo de relatar mi aventura con ese Campamento Internacional de Pioneros que se llamó Tarará. No recuerdo con certeza el lugar, creo que está en una playa de La Habana, pues nunca volví a estar allí. Fui con 10 años, creo, pues ya no recuerdo los que tenía en mi quinto grado de primaria. Yo era de esas niñas redichas y estudiosas, puntuales y puntillosas, sabiondas y siempre alzando la mano para que me dejaran contestar: siempre me lo sabía todo. Daba lo mismo que fuera de ciencias o letras: yo siempre llevaba las lecciones aprendidas. Y también era de las pioneras destacadas, de las que participaba en todo: que había que limpiar la escuela en domingo, allí estaba yo; que había que llevar una pintura o adorno, ya lo llevaba yo. Y así era con todo: cumplidora y estudiosa, y lo mejor de todo: hija de comunistas sacrificados y trabajadores, que nunca pidieron nada al nadie (léase al gobierno). Mis padres me inculcaron el espíritu del esfuerzo máximo, darlo todo por todos, porque eso era lo que habían hecho muchos en otras épocas y lugares. Si hubiese sabido lo que se ahora ¡otro gallo cantaría!.
Pero bueno a lo que iba: me gané un viaje de fin de curso; pero no uno cualquiera, sino el viaje, ¡¡¡¡el del día de la inauguración!!!!. Me puso mi madre una bolsita de tela con dos blumers (bragas), un pijama, que se lo consiguió María Elvira (qepd) la de la tienda de Los Novios, buena como ella sola le dió un corte de tela para que tuviera algo nuevo que ponerme. Y llevé un biquini que si lo vieran ahora se desmayarían: verde chillón y ancho como él solo. De todas formas en ese momento ni se me pasaba por la cabeza pedir nada, pues nada había y además aún no había llegado a la edad difícil.
Y allí estaba yo metida en aquella guagua repleta de niños de diferente lugares de Pinar del Río, cantando y chillando a todo lo que me daban los pulmones (mucho más que ahora), riendo por cualquier chiste o tontería que dijeran los mayores y preguntando cada cinco minutos a los maestros cuándo llegábamos. Si soy sincera tengo que confesar que me decepcioné mucho cuando llegué, porque si la memoria no me falla aquello parecía más un cuartel que un campamento de pioneros. Veamos: no un cuartel como los que se ven en la tele grandes y de piedras, sino como los barracones de los soldados de "La teniente O´Neill". Así mismo: alargados edificios prefabricados de una sola planta, con literas a ambos lados de las paredes y con una campana para llamar que se oía sin ningún problema (y hasta te dejaba sordo). Hice muchos amigos allí de diferentes lugares, de hecho hice amigos rusos (invitados para la ocasión), ya que en aquella época estudiaba ruso "Russky Izik pa Radio" (el idioma ruso por radio), aparato que no había en casa por lo que iba dos veces por semana a casa de Lazo, un vecino y amigo. Bueno no es que hablara mucho pero por lo menos entendía los nombres, cosas de su país y esas tonterías que te hacen ameno el verano y te dan para inflarte delante de tus amiguit@s. Para que aquello no se me olvidara jamás en la vida casi me ahogo en la playa, tuve mucha suerte porque era muy alta para mi edad, pero pasé un susto de muerte y no quise volver a nadar hasta muy grande ya. El caso fue que dos compañeritas, más achaparraditas que yo, quisieron ir a donde estaba tratando de flotar y haciéndome la que nadaba mejor que la Ester Williams. Cuando llegaron a mi altura ya se estaban hundiendo, vino una ola gigante en ese momento y no se les ocurrió nada mejor que engancharse a mi cuello. Aquello pudo terminar mal si no llega uno de los profesores de la delegación de La Habana y nos saca por el pelo a todas juntitas.
Pero lo que sí supuso un golpe de efecto (en aquella época no sabía lo que era eso) fue cuando nos dieron la noticia de que Fidel, el mismo Fidel en persona, vaya de carne y hueso, como se dice por allí, en vivo y en directo, iría a inaugurar el campamento. Aquello nos quitó el sueño toda la noche, hablábamos hasta dormidos:¡¡¡¡Fidel aquí!!!! Por supuesto que no se lo podías decir a nadie de tu familia o de tu escuela, no sólo porque el teléfono era un lujo y estaba restringido, sino por las medidas de seguridad que desde ese mismo momento se impusieron. Pero a nosotros no nos molestó nada, que cuidaran todo lo que quisieran, lo que queríamos era poder ver al líder, estar cerca de la tribuna, verle y escucharle. Recuerdo todo el programa de actuaciones como si fuera ahora: niños bailando el zapateo cubano, vestidos de mambises, niños bailando el baile de las cutaras, otros tocando guitarras guajiras y hasta hubo un coro de niños rusos, vestidos con sus trajes nacionales y todo eso. Esa parte fue espectacular para mí, una niña de Consolación del Sur, que no había ido aún al teatro o a alguna representación de ese tipo. Para mí fue emocionante y lo guardo entre los recuerdos de la infancia que no se olvidan.
Lo que tampoco te explicaban en esa época: que el Fifo podía hablar durante cuatro, cinco, siete horas de forma imparable e irreversible. De qué habló en ese día tan especial para los pioneros como yo: ni idea. Lo que sí recuerdo es a los camilleros de la Cruz Roja llevándose a varios niñ@s desmayados, vomitando o enteramente inconcientes. Aquello sí que se me grabó y lo peor de todo es que no lo entendí, no ví lo que significaba aquello, no supe, hasta muchos años después que éramos unos adoctrinados y nadie decía nada o por lo menos, no a los niños. Estábamos marcados por la historia y eran las ruedas de ella las que nos pasaban por encima amoldándonos a sus vueltas y revueltas.
Es cierto que cuando miramos atrás, muchos de nosotros, nos damos cuenta de la inocencia de nuestros actos, de la fragilidad del ser humano, de lo fácil que es colocar un chip en el cerebro de cualquier niño y llenarlo de manifestaciones "defendiendo el patriotismo", de ideas bellas (defender a los pobres, regalarle a los niños de otros países tus propios juguetes y tu ropa, porque los pobres, no tienen nada) que se vuelven feas cuando las miras a traves de tus propios ojos, no porque no quieras ser solidario, sino porque te lo obligado
Acabo de leer un bello artículo (léase memoria) de ese cubano que se dice llamar Yoyin (http://elyoyin.blospot.com) y me ha enternecido y ha provocado el deseo de relatar mi aventura con ese Campamento Internacional de Pioneros que se llamó Tarará. No recuerdo con certeza el lugar, creo que está en una playa de La Habana, pues nunca volví a estar allí. Fui con 10 años, creo, pues ya no recuerdo los que tenía en mi quinto grado de primaria. Yo era de esas niñas redichas y estudiosas, puntuales y puntillosas, sabiondas y siempre elevando la mano para que me dejaran contestar: siempre me lo sabía todo. Daba lo mismo que fuera de ciencias o letras: yo siempre llevaba las lecciones aprendidas. Y también era de las pioneras destacadas, de las que participaba en todo: que había que limpiar la escuela en domingo, allí estaba yo; que había que llevar una pintura o adorno, ya lo llevaba yo. Y así era con todo: cumplidora y estudiosa, y lo mejor de todo: hija de comunistas sacrificados y trabajadores, que nunca pidieron nada al nadie (léase al gobierno). Mis padres me inculcaron el espíritu del esfuerzo máximo, darlo todo por todos, porque eso era lo que habían hecho muchos en otras épocas y lugares. Si hubiese sabido lo que se ahora ¡otro gallo cataría!.
Pero bueno a lo que iba: me gané un viaje de fin de curso; pero no uno cualquiera, sino el viaje, ¡¡¡¡el del día de la inauguración!!!!. Me puso mi madre una bolsita de tela con dos blumers (bragas), un pijama, que se lo consiguió María Elvira (qepd) la de la tienda de Los Novios, buena como ella sola le dió un corte de tela para que tuviera algo nuevo que ponerme. Y llevé un biquini que si lo vieran ahora se desmayarían: verde chillón y ancho como él solo. De todas formas en ese momento ni se me pasaba por la cabeza pedir nada, pues nada había y además aún no había llegado la edad difícil.
Pues allí estaba yo metida en aquella guagua repleta de niños de diferente lugares de Pinar del Río, cantando y chillando a todo lo que me daban los pulmones (mucho más que ahora), riendo por cualquier chiste o tontería que dijeran los mayores y preguntando cada cinco minutos a los maestros cuándo llegábamos. Si soy sincera tengo que confesar que me decepcioné mucho cuando llegué, porque si la memoria no me falla aquello parecía más un cuartel que un campamento de pioneros. Veamos: no un cuartel como los que se ven en la tele grandes y de piedras, sino como los barracones de los soldados de "La teniente O´Neill". Así mismo: alargados edificios prefabricados de una sola planta, con literas a ambos lados de las paredes y con una campana para llamar que se oía sin ningún problema (y hasta te dejaba sordo). Hice muchos amigos allí de diferentes lugares, de hecho hice amigos rusos (invitados para la ocasión), ya que en aquella época estudiaba ruso "Russky Izik pa Radio" (el idioma ruso por radio), aparato que no había en casa por lo que iba dos veces en semana a casa de Lazo, un vecino y amigo. Bueno no es que hablara mucho pero por lo menos entendía los nombres, cosas de su país y esas tonterías que te hacen ameno el verano y te dan para inflarte delante de tus amiguit@s. Para que aquello no se me olvidara jamás en la vida casi me ahogo en la playa, tuve mucha suerte porque era muy alta para mi edad, pero pasé un susto de muerte y no quise volver a nadar hasta muy grande ya. El caso fue que dos compañeritas, más achaparraditas que yo, quisieron ir a donde estaba tratando de flotar y haciéndome la que nadaba mejor que la Ester Williams. Cuando llegaron a mi altura ya se estaban hundiendo y no se les ocurrió nada mejor que engancharse a mi cuello. Aquello pudo terminar mal si no llega uno de los profesores de la delegación de La Habana y nos saca por el pelo a todas juntitas.
Pero lo que sí supuso un golpe de efecto (en aquella época no sabía lo que era eso) fue cuando nos dieron la noticia de que Fidel, el mismo Fidel en persona, vaya de carne y hueso, como se dice por allí, en vivo y en directo, iría a inaugurar el campamento. Aquello nos quitó el sueño toda la noche, hablábamos hasta dormidos:¡¡¡¡Fidel aquí!!!! Por supuesto que no se lo podías decir a nadie de tu familia o de tu escuela, no sólo porque el teléfono era un lujo y estaba restringido, sino por las medidas de seguridad que desde ese mismo momento se impusieron. Pero a nosotros no nos molestó nada, que cuidaran todo lo que quisieran, lo que queríamos era poder ver al líder, estar cerca de la tribuna, verle y escucharle. Bueno eso tampoco te lo explicaban en esa época: que el Fifo podía hablar durante cuatro, cinco, siete horas de forma imparable e irreversible. De qué habló en ese día tan especial para los pioneros como yo: ni idea. Lo que sí recuerdo es a los camilleros de la Cruz Roja llevándose a varios niñ@s desmayados, vomitando o enteramente inconcientes. Aquello sí que se me grabó y lo peor de todo es que no lo entendí, no ví lo que significaba aquello, no supe, hasta muchos años después que éramos unos adoctrinados y nadie decía nada o por lo menos, no a los niños. Estábamos marcados por la historia y eran las ruedas de ella las que nos pasaban por encima amoldándonos a sus vueltas y revueltas.
Es cierto que cuando miramos atrás, muchos de nosotros, nos damos cuenta de la inocencia de nuestros actos, de la fragilidad del ser humano, de lo fácil que es colocar un chip en el cerebro de cualquier niño y llenarlo de manifestaciones "defendiendo el patriotismo", de ideas bellas (defender a los pobres, regalarle a los niños de otros países tus propios juguetes, y tu ropa, porque los pobres, no tienen nada), que se vuelven feas al serlo sin una explicación, realista, sin dobles sentidos.
El viaje duró una semana que pasó volando, en aquella etapa de mi vida no se me ocurrió llevar un diario, cosa que me será útil hoy, pero siempre será parte de mi experiencia en Cuba, un recuerdo bonito que me acompaña en el exilio, que no podrán quitarme nunca.
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