viernes, 16 de mayo de 2008

Recuerdos de mi infancia.

A veces me sorprendo pensando en mi pueblo, el lugar donde nací y crecí, y donde viví hasta entrar en la Universidad. Mi pueblo se llama Consolación del Sur, y se encuentra en la provincia de Pinar del Río, a unos veinte km de su capital, del mismo nombre. Era un pueblo muy pintoresco, de geografía llana, pues no habían montañas por allí. De gentes muy diferentes, de todos los colores, diríamos; pero bien llevados. Y como pueblo pequeño que era sus leyendas tenía. Recuerdo que detrás de los edificios donde vivía, había siempre un hombre con una luenga barba, que se paseaba, báculo en mano, dando discursos a todo el que quisiera escucharle. A veces se vestía como los hombres que venían en mi libro de Historia de Roma, con aquellos ropajos que les colgaban y que, en su caso, eran sábanas blancas y otras se quedaba en short o pantalón corto. Le decían Gallo, y con el tiempo supe que padecía una esquizofrenia, pero en la época en que iba a la Primaria, no lo sabía. Se decía que le habían echado una brujería muy mala por un desamor. Y eso nos daba pie para pasearnos por delante suyo gritando: ¡Gallo, Gallo: viva Fidel! o ¡Gallo:viva la Revolución!. Bueno aquello era como ponerle pica pica en los pantalones y según como tuviera el día respondía: unas veces alababa y reverenciaba y otras denostaba y echaba flores por la boca de Fidel, la Revolución y la madre de los tomates. Se pasaba horas dando la respuesta, quizás elaborando el discurso que más le convenciera a él mismo en ese caso. Lo mejor de todo es que, aunque se enfada mucho y de verdad, nunca hacía daño, más allá de unas cuantas palabras que no deberíamos escuchar y eso era todo.

Habían otros personajes pintorescos y curiosos en mi pueblo. Recuerdo a Anchía el practicante, que te cosía las heridas sin anestesia, para ver si tenías "madera". Aquello se convirtió en un rito para mí: era muy traviesa y dada a las heridas, magullones y caídas de toda clase. Así que estuve en varias ocasiones en la cama de curas del Policlínico, apretando los dientes y riendo para ahuyentar el miedo, sabiendo que me cosería sin anestesia, a menos que me "rajara". ¡Uff y eso nunca! Siendo ya estudiante de primer año de Medicina le pedí permiso para practicar con él, inyectando y cogiendo vías periféricas y no puso pegas, lo cual fue algo muy grande para mí en ese momento. Creo que somos muchos a los que cuidó ese mulato cariñoso y dicharachero.

Recuerdo con agradecimiento a mi amigo Be ( Benito) que fue uno de los primero pacientes que tuve para practicar las vías venosas. Era un señor mayor, asmático, que siempre estaba en Urgencias por su enfermedad y que no tuvo miedo de ponerse en mis manos para que le tratara. Siempre me daba consejos acerca de la relación médico-paciente, escuchaba mis ideas y me señalaba los errores. Y cuando yo llegaba al Policlínico me recibía con una gran sonrisa, en su rostro muy negro y curtido, con uno dientes que te deslumbraban por lo blanco y recuerdo, como si fuera ahora, que me decía: "!Salud y prosperidad!". Era una persona conocida por su amabilidad y sensatez, querido por muchos en el pueblo.

En el pueblo había varios médicos, aparte de Ramón, del cual ya hablé, que eran muy conocidos y queridos por su dedicación y conocimientos. Uno de ellos, el Dr Pozo fue mi pediatra muchas veces tuve que visitarle por las enfermedades corrientes de la infancia y era muy amable. Recuerdo que siempre le decía a mi madre que yo era una niña muy activa y era lógico que me cortara, golpeara y hasta me quemara, pues eran muchas las veces que ella salía corriendo conmigo a su casa. También estaba el Dr Pedroso; pero no recuerdo si me trató alguna vez.

Una de las personas que más me influyó, y creo que en mi hermana también, fue el Maestro Tellería. Vivía con su familia junto a nuestra casa y siempre le visitábamos, le llevábamos comida a su gata (siempre había una gata por allí) y nos pasábamos un rato largo en su biblioteca, mirando y tocando libros. Su esposa era una señora alta y delgada, amable y cariñosa, que te hacía pensar en esas heroínas de Dickens, muy serias a la vez que sacrificadas, siempre viendo lo bello de la vida. Sus hijos eran dos muchachos guapos y de muy buen corazón, se llaman Carlos y Pedro (Pelly para todos), siempre nos trataron como si fuéramos familia. Su padre nos enseñó a leer libros considerados proscitos en Cuba, como el Rider Digest y conversaba con nosotras como un igual. Era un educador nato.

Tengo gratos recuerdos de mi infancia, pues gracias a mi madre, que siempre se sacrificó porque tuviéramos una familia, no sentíamos las necesidades como una desgracia, sino como algo que había que pasar y superar. Así recuerdo con nolstalgia la época de ciclones, llena de los olores de los bollitos friéndose, envueltos en almibar, para acompañar el café con leche tradicional. Esos días eran bienvenidos porque , además no íbamos al colegio y eso siempres es motivo de alegría para cualquier niño.

Por eso también recuerdo con gratitud a Eva, la esposa de Lazo, vecinos del barrio y amigos de mi madre, que me acogían en su casa, de lunes a viernes para que yo estudiara "El idioma Ruso por Radio" ("Ruzki izik pa radio"), idioma que me gusta. Y de paso aprendía a tejer a ganchillo.

Ya se que la memoria juega con nosotros y las cosas ocurridas en la infancia se ven con otro color, pero yo creo que nací de fábrica con unas gafas rosas porque la verdad es que así lo viví y así lo recuerdo. Fui feliz rodeada de amigos y conocidos y ahora lo soy rodeada de mis recuerdos y nostalgias.































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