domingo, 25 de mayo de 2008

"Tomad y comed todos de Él...

Al principio, cuando leía la Biblia no podía imaginar que, desde siempre, Dios estaba preparando a su pueblo: le daba vida y comida y voluntad, pero todo estaba siendo un sendero abierto al que vendría después. "El Señor los alimentó con flor de harina y los sació con miel silvestre" (Sal 80,17). Al revisar la historia de salvación de Israel se puede entender la preocupación que Dios tiene hacia todo el género humano: quiere que seamos partícipes de su carne y sangre, porque así nos creó Él, con su propio aliento. Y cuando Jesús, Hijo Único encarnado en cuerpo mortal, se reunió con sus discípulos, levantó el cáliz y lo dio a beber y partió el pan para que lo comieran, no estaba inaugurando un ritual, no estaba siendo simbólico: se estaba transfigurando y prometiéndose a que cada vez que participemos de la Eucaristía, Él está presente en nuestro cuerpo.
San Juan Crisóstomo, en un comentario del Evangelio de este día, se enciende de amor y dice: "Moviéndonos a una mayor amistad, y mostrándonos el amor que nos tiene, no sólo permitió a los que le aman verlo, sino tocarlo, comerlo, clavar los dientes en su carne, masticarla. En suma saciar toda el ansia de amor". Es así que sólo cenaron con Él unos pocos, doce en total, en esa noche; pero ahora somos miles los que tomamos su esencia y nos enriquecemos con ella cada vez que participamos de la Eucaristía. Somos templo de Dios y le albergamos desde ahora hasta que le encontremos allí donde sea.
San Pablo, al que yo leo y trato de seguir, nos dice en esa carta a los Corintios: "Hermanos: el cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo?. Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?.El pan es uno y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan".
Celebremos pues el Misterio de la Eucaristía frecuentemente, procurando su amistad dándole, a cambio nuestra disposición para que nos transforme y amolde según los designios que tiene para cada uno de nosotros.
¡Adoremos a Cristo, pan vivo bajado del cielo, aleluya!
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