martes, 18 de noviembre de 2008

¡Baja rápido, Zaqueo!



"Zaqueo,baja enseguida,porque hoy tengo que alojarme en tu casa".


Así habló Jesús a Zaqueo, el publicano (Lucas 19, 1-10) y así nos lo cuenta la Biblia. Esta lectura, llena de metáforas, me ha hecho reflexionar acerca de mi propia vida. Zaqueo era muy bajito y tuvo que subirse a una higuera seca y vieja y gritaba para que Jesús le oyera y viera por encima del tumulto de gente que le seguía a todas partes, hasta que Jesús le escuchó y le llamó de esa forma directa y llana, que se observa en todos los momentos en que elige y se dirige a alguien concreto.


Así es el cristiano, así soy yo: con un antecedente, con un pasado, pequeña en mi espiritualidad, buscando con tesón y otras veces con desespero e impotencia, hasta que un día, el Señor me interpeló directamente. Venía de una ideología que negaba toda existencia de Dios, y sin embargo, mi alma tendía a Él como una flor que busca el sol. Cuando pude leer el Nuevo Testamento, me identifiqué inmediatamente con el apóstol S. Pablo: así de tortuoso había sido mi camino. Pero era pequeña y tuve que subir por encima de mi propia vida (seca como esa higuera) para verle y tratar de que me viera. Hasta que hubo un momento en que me encontró y yo a Él, y me sorprendió con una invitación de ese tipo: baja rápido, busca tu humildad, busca dentro de ti, olvida lo que ha sido hasta ahora, prepara tu casa, que voy a entrar en ella.


Creo que todos podemos identificar el momento justo de esa llamada, pues la alegría y la paz nos rodea, aún cuando muchos critiquen al Señor por querer comer con un publicano. Yo agradeceré siempre, mientras viva (y así lo reflejé en otro post) a todas las personas de las que se sirvió el Señor para guiarme: mis amigos Andresito y José Ramón, los padres salesianos Bruno y Juan, las hermanas HMA, que eran muchas, recuerdo especialmente a sor María Rosa, Susana, Flaminia y Henrica, a las carmelitas descalzas María del Mar y muchas otras que no recuerdo. Cuando Dios se tomó tantas molestias para que le conociera, para guiarme hasta Él, me siento como Zaqueo: si he hecho algo malo, lo remedaré y daré todo por los demás.


Desde ese momento ya no me sentí sola, ahora trato de vivir mi vida como Dios quiere: en la esperanza de que un día, cuando me sacuda de mi parte mortal, me pida que participe de su mesa eternamente. Por ahora trato de llenarme de su Espíritu en la Eucaristía.
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