domingo, 23 de noviembre de 2008

Hoy es Solemnidad de Cristo Rey

Como hoy trabajo y no puedo ir a misa, voy a transcribirles la meditación que hace David Amado Fernández en el Magníficat. Como me ha gustado mucho y creo que estos escritos son útiles a la hora de hacer meditación yo, con su permiso, os lo ofrezco:

"Palabra de Dios para la Solemnidad de Cristo Rey".

Meditando sobre el evangelio de hoy, de nuevo he caído en la cuenta de que si me encontrara con Jesús herido, hambriento, desnudo o necesitado, me gustaría ayudarle. Sin embargo, experimento una gran dificultad a la hora de reconocerlo en los necesitados. Sé que esto le sucede a muchas otras personas y que, por ello, tenemos que pedir que abra nuestros ojos para que su presencia nos sea clara. O, lo que es lo mismo, pedir que mueva nuestros conrazones para que su dureza no sea la causa de nuestra ceguera. Me doy también cuenta de que, si tuviera esa claridad, no sería yo quien prestara un favor, sino el mismo Jesús quien me haría la gracia de dejarse ayudar por mí. Y eso, me parece, me produciría una extraordinaria alegría.
Por eso, no hay contradicción entre contemplar a Jesús como Rey del universo y la parábola que la Iglesia nos propone. Es muy congruente. Jesús debe ser servido y amado por todos. Es más, tiene derecho a ser obedecido por todos los hombres, y que esto no sea así supone un desorden y un mal para la sociedad. A la espera de su manifestación gloriosa, nosotros hemos de trabajar por su Reino.
San Pablo nos dice que el último enemigo aniquilado será la muerte. Juan Pablo II habló de "la cultura de la muerte", en referencia a ciertos comportamientos sociales que, prescindiendo de Dios, maltrataban la vida. La muerte es enemiga del hombre, pero no sólo porque se presenta como una alternativa inevitable para el hombre, sino también porque su influjo condiciona nuestro comportamiento. No pocas veces el egoísmo o la indiferencia hacia los demás nacen del deseo de preservar nuestra propia vida y aquello que pensamos necesario para nuestro sustento. No es raro que en nuestra previsión lo necesario comporte muchas cosas superfluas.
También desde la filosofía se ha hablado mucho de que el hombre es un ser para la muerte y que, por lo tanto, no le es lícito esperar nada. Desde esa postura se ha legitimado todo, desde la vida disoluta hasta los crímenes más horrendos, o simplemente se ha caído en una apatía que ve la vida como un entretenimiento
condenado a la desilusión final. San Pablo no elude las dificultades presentes, pero las enfoca desde la resurrección de Jesucrristo y la futura nuestra. Porque Jesús ya ha vencido aunque su poder no se haya manifestado plenamente.
Entre esos dos momentos, Dios no abandona a su pueblo. La primera lectura de Ezequiel nos habla de un Dios que viene a buscar a sus ovejas. Eso ya se ha cumplido en Jesucristo y se sigue realizando. Él es quien dijo: Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro. Por tanto, en el mundo se está dando una lucha a favor del hombre para que nadie se pierda. Es más, lucha para que las ovejas dispersas sean liberadas y sacadas de todos los lugares por donde se desperdigaron un día de oscuridad y nubarrones.
Quienes lo hemos conocido empezamos a servirle según las enseñanzas de la parábola: viviendo la caridad que Él nos enseña y con la que nos ama. Precisamente amando como Él nos ha amado vencemos la muerte, que quiere dominarlo todo, y damos testimonio de su realeza a la espera de su manifestación gloriosa.
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