domingo, 26 de julio de 2009

Nuestras peticiones a Dios y su respuesta.


Visitando las casitas de mis amigos blogueros, he visto una entrada muy interesante de la amiga Lojeda en la que habla de cómo "la tardanza de Dios no es una negativa". Y es cierto, muchas veces se nos olvida que el tiempo, en el concepto humano, no tiene nada que ver con el divino. Dios escapa a nuestra comprensión y, aunque hacemos muy bien en tratar de comprenderle, muchas veces protestamos o nos entristecemos, pensando en que no ha respondido a nuestras oraciones.

Una cosa es no entender y otra es querer que Dios haga las cosas a nuestro modo: eso sería lo más fácil y muchas personas que conozco rechazan la idea de Dios sólo por eso, porque no quieren un guía, sino un esclavo, no quieren pensar en la vida eterna, sólo quieren un gurú que les resuelva la actual vida, no quieren una ayuda, sólo esperan un mago de la lámpara que cumpla todos sus deseos.

Pero la amiga Lojeda habla muy acertadamente sobre estas cosas y yo voy a ampliar su entrada contando una historia que me mandó por pps otra muy buena amiga mía.

La historia es la siguiente: había una niña que se llamaba Emy, norteamericana, que tenía todo lo que sus padres podían proporcionarle en esta vida ( y que, al parecer no era poco); pero que se acostaba todas las noches pidiendo al Señor que le diera los ojos unos azules, que eran característicos en sus padres y hermanos. Emy sólo pedía que le cambiara sus ojos marrones por los azules de sus padres, por lo demás le daba gracias infinitas, pues era muy agradecida.
El Señor no le concedió el deseo, pero ella no dejó de pedirle y nunca, nunca dudó del amor del Padre.
Pasaron los años y Emy sintió la llamada de Dios para servirle y se entregó generosamente a su vocación. Los años del noviciado le llevaron a la India, donde era muy difícil entrar y predicar por lo que se tenían que vestir de hindúes, una vez allí para poder realizar su misión.
Como Emy era trigueña y con ojos marrones, pasaba desapercibida y, en una ocasión, una compañera le dijo: "Emy, ¡gracias a Dios que tus ojos no son diferentes a los de las hindúes y puedes pasar por una de ellas cuando te vistes con sus trajes!"

Emy, en ese momento se quedó pensando y se dijo a sí misma que Dios no le había respondido nunca porque sabía que tendría que cumplir una misión y que, para llevar a cabo, no podría tener los ojos azules que con tanto énfasis le pidió en su infancia. Comprendió, al fin, que Dios le había contestado en esa alabanza de su compañera.

Espero que les haya gustado y que vayan al blog de Lojeda para que lean esa entrada tan linda que m ha inspirado a mi.


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