lunes, 14 de septiembre de 2009

La exaltación de la Santa Cruz.




Hoy empezaban los rezos de la mañana con esta invocación:


Venid, adoremos a Cristo Rey, elevado por nosotros en la cruz.


Es la premisa de nuestra fe: Dios amó tanto al mundo que dio su hijo único y lo sacrificó por él, para que todos nuestro pecados murieran con Jesús y volviéramos a nacer con Él como hombres nuevos. Y como dijo san Pablo esa cruz era (y es) necedad para los gentiles y escándalo para los judíos.

Muchas son las veces en que no entendemos el por qué de la cruz; pero si la aceptamos ya empezamos a entender. Por ejemplo: hay muchas cruces en nuestras vidas, no sólo se trata de grandes escollos o problemas, a veces son tan pequeños como convivir con personas de nuestra sangre, pero sin entendernos muy bien: eso es una cruz. O tener que trabajar con una persona a la que consideramos poco responsable en sus labores y tener que estar enseñándole o requiriéndole constantemente para que aprenda: también es una cruz.

Hablar con alguien que no te agrada, tener que tratar con otro que sabes que te desprecia por tus ideas o creencias; necesitar de alguien que sabes que no es de fiar: creo que todas esas situaciones reflejan cruces que llevamos constantemente en nuestras vidas.

Personalmente, siempre que me encuentro con una situación difícil pienso en el Beato Manuel Gonzalez que decía: Como nadie se redime del pecado sin la Cruz, nadie se hace santo sin ella. Pero la misericordia del Corazón de Jesús, que para redimirnos buscó una Cruz muy grande para padecer y morir Él en ella, se da a trazas, para hacernos más fácil y humana nuestra santificación, de darnos la cruz en muy menudas dosis o en forma de cruces muy chiquititas y frecuentes. Se puede decir que en cada hora de nuestro día y en cada ocupación de nuestra actividad, ha puesto la providencia amorosa de Dios una crucecita santificadora. Desde la menuda violencia de dejar el lecho a hora fija hasta la última conversación u ocupación enojosa del día, pasando por las caras serias, agrias, indiferentes o burlonas de los que tenemos que tratar y por los asuntos más o menos fáciles en que tenemos que entender, ¿no es verdad que todo trae, por fuera o por dentro su crucecita de pesadumbre, contrariedad o desagrado?. Pues bien, recibir la merecida cruz de cada hora y obra con la mejor cara que podamos es o ser santos, o andar muy cerca de serlo...
¡Ah! No nos asustemos. Que con la cruz viene la almohadilla para que no duela mucho.
(Del libro En busca del Escondido, O. C.)


Así, pues, recemos para que nuestra cruces se conviertan en crucecitas y el Señor siempre nos de la fuerza para sobrellevarlas.


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