viernes, 9 de octubre de 2009

Cuando hablemos con Dios, lo haremos en el silencio...


...porque cuando callamos los ruidos externos y las ideas que vuelan por nuestra cabeza sin cesar, podremos escucharle. Nuestro querido Ángel hizo una reflexión muy bonita y acertada sobre la necesidad de estar a solas con Dios: fue esa la misma reflexión que se hizo un gran santo en su día. Fue San Ignacio de Loyola el que se dio cuenta de que debía abandonarse durante unos días a la conversación serena con el Padre para poder tomar fuerzas para emprender la misión para la que se sentía llamado.
Gracias a sus reflexiones y meditaciones, escribió un librito, muy pequeñito en hojas, pero grande en contenido, lleno del Espíritu, por el cual, aún hoy, somos guiados en nuestros Ejercicios Espirituales. Durante todos estos años, desde que los escribió, los han realizado fieles de todo el mundo y con todos los rangos concebidos dentro de la Iglesia.

Actualmente se pueden realizar de dos formas: en retiro total, dentro de un monasterio (o casa de retiro adecuada) o desde la propia casa, que son los llamados Ejercicios Espirituales en la Vida Diaria. Muchos de nosotros no podemos ni coger vacaciones, así que esta última modalidad es muy aceptada y aceptable, aunque es más sufrida, pues no estás aislado de tu actividad normal, antes bien, estás zambullido en tu vorágine particular y el demonio acecha con fuerza: hay que tener mucha, muchísima voluntad para hacerlos.

Pero si lo logras, vivirás una experiencia única.

Para hacerlos sólo debes tener el libro de S. Ignacio, que se compra en cualquier librería especializada y puedes buscar otro libro muy interesante, que desgrana las ideas del santo jesuita de forma tal, que no te resultan tan extrañas las expresiones que utiliza (recordad que está escrito en castellano rancio, de su época). El libro se llama En casa con Dios, Guía para los Ejercicios Espirituales en la vida ordinaria, y está muy bien escrito por otro jesuita, Hedwing Lewis.

También deberás tener en cuenta que debes apoyarte en alguien que los haya hecho con anterioridad o, mucho mejor, en un sacerdote que conozcas, para que te puedan ir guiando en los tiempos y el cumplimiento del principal objetivo, que no es otro que hablar con Dios como se habla con un amigo.

(Espero que, entre el post de Ángel y esta pequeña explicación, muchos se pongan manos a la obra).

Hay que hacer un alto en el camino y serenar el corazón, acompasándolo con Aquel que nos lo dio.




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