miércoles, 7 de octubre de 2009

Nuestra Señora del Rosario



El altar de la Virgen se ilumina

y ante él, de hinojos, la devota gente

su plegaria deshoja lentamente

en la inefable calma vespertina.

Rítmica, mansa, la oración camina

con la dulce cadencia persistente

con que deshace el surtidor la fuente,

con que la brisa la hojarasca inclina.

Tú que esta amable devoción supones

monótona y cansada y no la rezas

porque siempre repite iguales sones,

tú no entiendes de amores y tristezas:

¿qué pobre se cansó al pedir limosna,

qué enamorado, al decir ternezas?.



Enrique Menéndez P.
Orar la vida, octubre 2009.
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