viernes, 30 de octubre de 2009

Hoy es un viernes especial para mi.








Queridos lectores: hoy se me ha hecho especial el día, cuando pensaba que ya nada podría hacerlo. Y es que después de levantarme tarde (cosa que no hago nunca y me trajo de cabeza todo el día) y estar limpiando como una loca para dejarle la casa bonita a mi esposo, salí corriendo para la misa de un templo que me llamó mucho la atención desde que lo vi: es que por fuera parece una mezquita, en vez de una iglesia católica y es grande, con un patio precioso. Es la Iglesia de San García Abad. Como tiene un blog, pueden verla pinchando AQUI.

Pues bien: fui a la misa, que fue muy sencilla y pausada, con un cura muy joven y que se ve profundo y que, al final, invitó al personal a la Adoración del Santísimo. Fue como una señal del cielo: llevo mucho tiempo sin poder participar en esa actividad de mi parroquia porque me coinciden siempre las guardias de viernes, así que me quedé y me encantó.

Voy a copiar la introducción, pues habla de el día que se avecina: el De todos los santos:


Este domingo celebramos la realidad de un misterio salvador expresado en el “credo” y que resulta muy consolador: «Creo en la comunión de los santos». Todos los santos, desde la Virgen María, que han pasado ya a la vida eterna, forman una unidad: son la Iglesia de los bienaventurados, a quienes Jesús felicita: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). Al mismo tiempo, también están en comunión con nosotros. La fe y la esperanza no pueden unirnos porque ellos ya gozan de la eterna visión de Dios; pero nos une, en cambio el amor «que no pasa nunca» (1Cor 13,13); ese amor que nos une con ellos al mismo Padre, al mismo Cristo Redentor y al mismo Espíritu Santo. El amor que les hace solidarios y solícitos para con nosotros. Por tanto, no veneramos a los santos solamente por su ejemplaridad, sino sobre todo por la unidad en el Espíritu de toda la Iglesia, que se fortalece con la práctica del amor fraterno.


Y he aquí que, cuando ya terminábamos y el cura levantaba la custodia, sentí la presencia de Tita Santos (la tía de mi esposo que falleció el año pasado, de la cual hablé en una entrada), que era una persona muy especial para mí y fue la que me llevó a la Adoración Nocturna de San Fernando cuando vivíamos allí. Fue un instante, un momento de llenura espiritual que me llevó a darle gracias de nuevo al Señor por mostrarme que esa comunión de los santos es presente en nuestras vidas, no es un mero recitar o una mención sin fundamento. He sentido una llenura de Dios y a la vez, de esa persona a la quiero tanto que me conmoví y se me saltaron lágrimas de gratitud y alegría de forma expontánea. Ha sido una experiencia única, que sólo me ocurrió en otra ocasión, que ya contaré, de esas que te dicen: Espera en el Señor, no temas, Él está contigo, que hacen que tu fe se renueve y se fortalezca.

Cuando regresaba a casa fui cantando por todo el camino alabanzas al Señor por la gracia que me ha dado hoy que me podría hacer pensar que no merezco, pero que, al contrario, me afianza en la fe de que me ama tal y como soy.

¡Bendito sea el Señor que se fija en los pequeños y humildes, en los que lloran y padecen, en los que son perseguidos y maltratados! A ellos les dará el Reino de los cielos.


Al final de la Adoración se leyó un poema y la frase que más se me fijó fue: Despojado de todo, excepto de mi deseo por Ti, te pido que me aceptes como soy. Espero, desnudo, el abrazo de tu amor.


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