viernes, 9 de octubre de 2009

El silencio de Dios


En la hoja mensual que nos envía el padre Casasnovas desde APOR Mallorca, nos manda una historia que nos sirve de ejemplo y nos puede ayudar cuando pensemos: Dios no me escucha.


Vivía en Noruega un hombre ya mayor, que se llamaba Hakoon. Iba todos los días a la iglesia, pues le gustaba hacerle compañía al Señor. Conversaba mucho con Él y eso le servía para ayudar a los demás. Un día, dolido por ver el sufrimiento del Señor en la cruz le dijo:

-Sólo te pediría una cosa.

-Díme qué es-le contestó Jesús mirándole a los ojos.

-Me gustaría poder estar en tu lugar para que puedas descansar y no sufras más por nosotros.

-Es muy difícil, pero te lo permitiré con una condición.

-¿Cuál?-preguntó intrigado Hakoon.

-Pues que veas lo que veas, nunca podrás hablar.

-Bien, lo cumpliré.


Así las cosas, Hakoon se subió a la cruz y esperó. Todos los que se acercaban veían el rostro de Jesús y le hacían sus oraciones, peticiones y alabanzas.

Un día entró un hombre rico, estuvo hablándole de sus inversiones y pidió tener más dinero; pero al salir, se le quedó olvidada la cartera. Al rato entró un mendigo que encontró la cartera y se la llevó. Horas después entró un joven para pedir al Señor que le guiara en un viaje que tenía que hacer fuera del país.


Cuando llevaba un rato en oración, apareció el rico y le preguntó:

-¿Has cogido mi cartera, que se me ha quedado aquí?

-No, señor, cuando entré no había nadie.

-¡Mientes, eres un ladrón! ¡Devuélveme mi dinero!

-¡No lo tengo yo!


Así las cosas, siguieron discutiendo, hasta que el hombre rico se enfadó tanto que le golpeó, ante lo cual, Hakoon, que ya no podía ver más la injusticia que se estaba cometiendo ante sus ojos, gritó: ¡Basta!
Ambos hombres se quedaron de piedra e instantes después, salían corriendo asustados de la iglesia.

Jesús le dijo entences a Hakoon:

-Baja de la cruz, ya te dije que no podías hablar, vieras lo que vieras.

-Pero, Señor, ¡es que era una injusticia!

-Ya, pero tú no sabes que al hombre rico que perdió su cartera le covenía quitarse ese peso de encima, pues el dinero lo estaba esclavizando; el pobre necesitaba ese dinero porque se moría de hambre y, el chico que estaba pidiendo consejo para su viaje no lo hubiese hecho sin tu interrupción. Pues has de saber que el barco en el que iba ha naufragado y él ha perecido.

-¡Señor! !Tú lo sabes todo!

-Sí, y no sabes lo difícil que es mantenerse callado todo el tiempo; pero así es como habla Dios: en el silencio del corazón del que se hacerca a Él.






No creas que porque Dios no habla, no escucha y no actúa. Dios siempre responde, sólo que, a veces, no es la respuesta que puede asimilar el hombre. Todo lo que sucede tiene un fin y todos están en el plan de Dios, recuerda que "nuestros nombres están escritos en la palma de su mano". Pero para poder escuchar a Dios, tenemos escuchar en el silencio profundo de nuestra alma. Sólo así le entenderemos.
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