miércoles, 4 de febrero de 2009

Bendito sea Dios.

Como las economías va tan mal, por no decir peor, el lunes he recibido a mi hermana en casa. Levaba 15 años trabajando en Lanzarote, y ahora, de buenas a primera, va a la calle. Es una mujer joven, divorciada y con un hijo de 12 años, que necesita ser atendido y educado, además de alimentado y vestido. Como ahora lo necesita, vivirá con nosotros, mientras busca trabajo. Se que será difícil; pero confío en el Señor y se que Él la ayudará en su búsqueda.
Cuento esto porque quiero compartir algo que me sucedió el lunes, día en que ella llegó a casa. Yo estoy terminando de cerrar el balcón, donde tengo la lavadora (una LG enorme que no cabía en ningún otro lugar) y la noche del domingo había caído un aguacero que era de miedo, como un diluvio. Mi hermana, después de almorzar me comunicó que tenía que lavarle la ropa a niño, para la escuela y yo fui corriendo a poner la lavadora. La pobre, no hacía ni pío, estaba muerta, silenciosa y fría..Yo la sequé, la quité de su lugar (con lo que pesa, parecía que me "cargaría" las vértebras lumbares en el esfuerzo), la volví a secar. Bueno, para no alargarme: estuve media hora probando sin suerte, a encenderla. Finalmente me arrodillé, desesperada, y con la confianza que me dio Jesús para pedirle al Padre, le dije: "Señor ayudame, sola no puedo, tú sabes que ahora no se me puede romper esta lavadora, porque no hay para comprar otra. Sor Eusebia, intercede ante Dios para que me conceda esta petición!. Por Jesús y la Virgen, escuchame, Señor!". Volví a enchufar la lavadora y le dí a los programas, encendiéndose de inmediato y echando a andar sin vacilación.


Por eso hoy hago este post: para que no pierdan las esperanzas en sus peticiones. Dios está en las grandes y pequeñas cosas de nuestras vidas y está a la escucha de una palabra dicha desde el corazón. No seamos como los antiguos judíos, que esperaban a un Dios de la guerra, montado en un carro de fuego y dirigiendo el país, como si de un mortal se tratase, o haciendo milagros espectaculares a diestra y siniestra. Jesucristo nos dejó dicho que el reino era otra cosa y acercarnos a él es eso: confiar y abandonarnos en sus manos misericordiosas.


No dejo de pensar en Juan Pablo II cuando dijo: "Se valiente, confía en el Señor"


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