miércoles, 18 de marzo de 2009

El dolor humano y la salvación de Dios.

Acabo de pasar a visitar al amigo Gaudencio y me ha conmovido su entrada sobre el dolor humano y eso me ha hecho reflexionar y recordar que, anoche, escuché un testimonio impactan te en el programa Razones para creer, emitido en Radio María. Estaban entrevistando a una mujer joven, de unos 42 años, que se llama Mari Carmen. Esta mujer quedó viuda en noviembre de 2008 y se quedó sola, con (no estoy segura de la cifra, pues la radio tenía mucho ruido justo en ese momento) unos 4-5 hijos, el mayor de 16 años y el más pequeño tiene ahora 2 años. Y voy a decir por qué me impactó tanto su testimonio: le preguntó el entrevistador del programa si ella no se preguntaba por qué había sucedido, por qué a ella, por qué Dios lo había permitido; y ella respondió serenamente: "Yo no le pregunto el porqué a Dios, sino ¿para qué?".
Ella está dolida porque ha perdido a su esposo, al cual conocía desde niña y con el cual había cmpartido casi toda su vida; pero aún así sólo piensa en que esa desgracia servirá para algo, pues Dios tendrá sus planes para ellos. Los dos últimos niños fueron concebidos cuando ya estaba enfermo el esposo y en ambos nacimientos ellos vieron un mensaje del Señor, pues en ambas ocasiones la ciencia le había desahuciado y, en ambos casos, consiguió mejorías inexplicables.

Creo que es cierto lo que escribe el amigo Gaudencio en su post: el dolor es inherente al hombre, de muchas formas, de muchas maneras; pero el carácter salvífico que le imprimió Jesucristo al morir por nosotros en la cruz, es lo que nos da esperanzas y fuerzas para sobrellevarlo.

Hay muchos tipos de dolor y tantas formas de sobrellevarlo, como gentes hay; pero evidentemente, sólo a través del descubrir el amor tan grande y misericordioso del Padre que dio su hijo único por nosotros, nos hace pensar en que el amor salva, cura la heridas y nos redime de nuestra falta.

Mi oración

Tú, Señor, eres mi roca,

deja que me agarre a Tí con fuerza,

deja que me refugie en Tí,

pues el mar de la vida

es profundo y peligroso;

pero Tú, Señor, sálvame de sus

tormentas.

Me refugio en tus llagas

y en tu dolor

para que absorvas mi miedo

y mis debilidades.

Dame más fe, más caridad y

más esperanzas para navegar

en el incierto mar de la vida

hasta que pueda llegar

a tu puerto seguro.

Amén.

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