domingo, 17 de mayo de 2009

Palabra de Dios para el Domingo.


Como no puedo expresarlo mejor, tomo prestadas las palabras de David Amado Fernández, que nos habla desde Magníficat:


"La liturgia de hoy nos propone unos textos muy hermosos sobre el amor de Dios. Algunos de ellos han sido comentados por Benedicto XVI en su primera encíclica, Deus Caritas est, y vale la pena tener presentes las enseñanzas del Papa a la hora de meditar soobre ellos.

Refiriéndose a las palabras de san Juan: Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor, señala el Pontífice: "Sólo mi disponibilidad para ayudar al prójimo, para manifestarle mi amor, me hace sensible también ante Dios. Sólo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama". Y pone el ejemplo de la beata Teresa de Calcuta, quien encontraba fuerzas para amar a los más pobres en la Eucaristía y, al mismo tiempo, en su servicio a los menesterosos comprendía mejor el amor de Dios. Es una dinámica que, teniendo siempre su fuente en Dios, muestra la unidad de dos preceptos: amar a Dios y al prójimo.

El ejercicio de la caridad, que puede resultarnos a veces costoso, es un camino para comprender mejor cómo Dios nos ama y de esa manera también conocer mejor a Dios. No pocas personas se han abierto al amor de Dios y a la fe gracias a experiencias de voluntariado o de servicio a los más pobres. En su entrega generosa a los demás, han comenzado a ver el amor que Dios les tiene a ellos. Por eso, el bien que realizamos también tiene consecuencias en nosotros y sentimos esa alegría que muchas veces no sabemos explicar. A esto se refiere Jesús en el Evangelio de hoy al unir la guarda de los mandamientos a la plenitud de la alegría.

Si atendiéramos verdaderamente a lo que sucede en nuestro corazón, constataríamos la verdad de cuanto dice Jesús. Una vida entregada, de donación, produce alegría. En cambio cuando nos encerramos en nosotros mismos, nuestro corazón se va llenando de una tristeza que es síntoma del egoísmo, de una existencia que se aparta de su plenitud. Y ello tiene consecuencias también religiosas. Dice el Papa : "Cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios". La experiencia de la caridad, de la que la Iglesia es rica en ejemplos, nos lleva también a descubrir que Dios nos ha amado primero, como señala el Apóstol. Esa anterioridad del amor de Dios no debe entenderse sólo cronológicamente (me amó antes en el tiempo y por eso me creó), sino que también ahora Él sigue amándome siempre primero. La elección de la que habla el Evangelio, por la que Dios se ha fijado en nosotros con independencia de nuestros méritos, se actualiza continuamente. Dios sigue derramando su misericordia sobre nosotros y, precisamente por ello, somos capaces de obras buenas. Al mandarnos el amor, el Señor nos introduce en su misma dinámica,: la de elegir al otro con independencia de sus cualidades y volcar en sobre él lo que inmerecidamente hemos recibido. el amor de Dios.

En la contemplación del Corazón de Jesús, vemos la absoluta liberalidad de su amor y su infinitud, ya que fue traspàsado por nuestras culpas. Ese corazón que sigue inflamado de amor por nosotros es la escuela en la que nosotros aprendemos el amor al prójimo y experimentamos la alegría que, a veces y de manera vana, buscamos en otras partes.




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