sábado, 11 de abril de 2009

Acompañar a una Madre




Hoy es día de silencio y recogimiento interior, pues ¿cómo se puede acompañar a una madre que ha perdido un hijo, si no es con un abrazo silencioso, una mirada profunda, un apretón de manos?. A todo aquel que se haya visto envuelto en el dolor de la muerte sabe de qué hablo.

Y hoy siento deseos de abrazar a María, Madre que me dio el Señor, para decirle, sin palabras, que le quiero, que estoy con Ella en su dolor, que es el mío.

Por supuesto que no tendría palabras de consuelo: perder un hijo no es algo que tenga consuelo. Pero perder a un hijo que sabes que es Hijo Único de Dios, creo que es un dolor añadido. Porque...¿qué pensaría yo si perdiera un hijo y encima, fuera Hijo de Dios?. Pues lo primero que se me vendría a la mente es preguntar ¿por qué?. Hay que ser muy fiel, tener una fe inmensa, saber escuchar con el corazón, en silencio", para aceptar ver a tu hijo en un madero, muerto, después de pasar el Calvario que pasó Jesús.

Y, sin embargo, allí junto a la cruz, cuando todos habían huido y sólo le acompañaban unas mujeres y un joven discípulo, no rechazó la tarea encomendada: "Mujer, aquí tienes tu hijo".

María, sencilla como siempre, admitió, con la misma fe que le llevó a decir al Ángel Gabriel: "He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra", su tarea. Se irguió como "leona del desierto" sobre su propio corazón traspasado y se convirtió en la Madre de todos.

A Ella, que está cerca de Dios Trino, le ofrezco hoy mis oraciones y mi compasión y le pido que me acompañe siempre, que ilumine mis noches de oscuridad y en la hora de la muerte me indique el camino a casa.



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