martes, 21 de abril de 2009

La alegría de servir.






Hace unos tres años atendí a una señora joven, de unos 50 años que llegó dando alaridos (literalmente) a la consulta de urgencias donde trabajo. La paciente tenía un dolor intenso en la región lumbar desde días antes; pero en esos momento el dolor estaba haciendo el recorrido del Nervio Ciático del miembro inferior derecho. Después de un examen exaustivo; pero bastante rápido por las circunstancias, procedí a indicarle un analgésico y escribí mi diagnóstico: Parálisis del N. Ciático. Al ser una patología que no se ve frecuentemente y mucho menos lo atendemos los médicos de urgencias, perseguí por los quirófanos a un traumatólogo que, amablemente, valoró el caso. Mi diagnóstico era correcto, pero había que derivarla al hospital, pues se considera una de las pocas urgencias traumatólogo-neurológicas.
Cuento esto porque he vuelto a ver a esa paciente hace dos guardias y me alegró mucho saber que estaba curada, pues le había intervenido de forma urgente y, después de una buena rehabilitación, está haciendo vida normal. Ese día me sentí muy feliz de haber hecho un buen diagnóstico y haber tomado la decisión correcta, aunque estaba un poco cohibida por las muestras de agradecimiento y cariño que me expresó la señora. 
Cuento este caso, que no es único ni exclusivo mío, porque me alegra poder servir a los enfermos y a sus familias. Creo que es un don que Dios me dio desde muy temprana edad y todos los días trato de mejorar. Y creo que el ser cristiana me hace más sensible al dolor de los otros. Espero poder seguir sirviendo a mis conciudadanos mucho tiempo.


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