sábado, 18 de abril de 2009

Punto de encuentro.


(Como se que son útiles estas entradas, voy a poner la del viernes, aunque sea con atrasos).


Viernes de la primera semana de Pascua.


Para no creer aluden siempre a la razón, a los descubrimientos. Esto es lo que me dicen los que no pueden creer. Y los entiendo.Tengo que confesar que más de una vez mi fe en Dios me lleva a decir: "No se cómo puede ser esto, pero creo en ti". Admito que mi fe no lo explica todo, sobre todo no explica cosas de la ciencia. Mi fe sólo explica y sabe que hay un Dios en el que creo, que no es cosa, sino que es "a imagen y semejanza de lo que soy yo", y esto lo se, entre otras cosas, porque Él me creo a su imagen. Es decir, creo en un Dios personal con el que puedo intimar; en un Dios amor donde puedo descansar, en un Dios misterio del que sólo se lo que Él mismo me ha revelado, sobre todo en su Hijo Jesús; creo que su palabra no ha callado, ni calla ni callará: se oye hoy por la fuerza de su Espíritu en el secreto del corazón y en lo más recóndito del universo. Yo esto no lo se demostrar; pero se que lo experimento. No puedo señalar otro laboratorio para demostrar a Dios nada más que mi vida y la vida de la comunidad de los creyentes. Confieso que en muchas ocasiones mi vida y la de  muchos creyentes, lamentablemente, no demuestran nada. No juzgo a nadie, aunque me siento juzgado. Sólo se decir: "Creo en Dios, por gracia de Dios, no por esfuerzo intelectual o cultural mio". Siento vivamente que una corriente de vida sigue abriendo horizonte en la espesura de la noche. Dios se hace camino allí donde parece que no hay camino. Mi Dios es Dios de vida. La muerte no le frena.

Nos apoyamos en las lecturas de Hechos 4,1-12; Juan 21,1-14; Salmo 117,1-4,22-27.






Oye, Señor...


A veces no te reconozco, en mi vivir cotidiano,
estoy distraído en otras cosas y creo que vivo sin ti,
me envuelven las tareas y la vida,
voy dejándote a un lado y me privo de tu presencia.

Tú me sales al encuentro siempre,
me recuerdas que estás a mi lado
y que contigo nada tengo que temer,
porque me fortaleces y me guías.

Cuando me asusto, me quejo o me lamento,
tú me ayudas, me recuerdas que no estoy solo,
me animas a seguir volcándome en las tareas
y a trabajar a tu lado cada día.

Quiero ser como Pedro, el discípulo
que te reconoce y sale tras de ti,
que se moja y se lanza a tu encuentro
para vivir en la plenitud de tu amistad.


 

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