domingo, 5 de abril de 2009

El dolor justificado.

En Semana Santa meditamos mucho sobre el dolor, pues Jesús se entregó a él buscando la justificación y la salvación de los hombres y eso me recuerda que, a veces, pasamos dolor sin acordarnos de que Él puede ahuyentar todo nuestro miedo. Ayer estuve en el Hospital de Cádiz a visitar a mi tita Santos, que está en fase terminal de un cáncer que lleva padeciendo hace unos 3-4 años y, aunque el dolor me atenazaba el corazón, he podido ser testigo de la entereza de un "cristiano real", hasta las últimas consecuencias.


Tita Santos es mi tía política; pero ha estado muy cerca de mí al ser mi ejemplo de cristiana comprometida en la vida diaria: sencilla ama de casa, madre de tres hijos, criadora de sus nietos, esposa fiel y sacrificada cuando ha tenido que serlo y, a la vez practicante constante de los sacramentos, amante de la Eucaristía, solidaria con los pobres y lectora constante de la Biblia. La oración ha sido el eje fundamental en su matrimonio y eso ha provocado que tenga un grado de amistad con Jesús como sólo pueden lograrlo las almas sencillas y desprendidas.


Y desde que está enferma he visto en ella una luz distinta iluminar su cara y sus expresiones porque siendo consciente de su enfermedad, la ha abrazado con la humildad y serenidad que le da toda una vida de entrega a Dios. Ayer he visto rondar la muerte sobre su cama pero también he visto la luz que irradia su cara, como expresión de saber que va hacia el Padre y que no debe temer a nada, que Él le espera y será misericordioso en su juicio y le acogerá con el amor mayor de Aquel que dio su vida por todos nosotros.


¡Tendrían que haber visto su rostro cuando le dije que estaba rezando muchos Rosarios por ella!
¡Y lo contenta que se puso cuando le hablé de mi participación en Radio María!...
He visto morir mucha gente y sufrir en silencio o a gritos, pero pocas personas son capaces de desprenderse de su sufrimiento físico para dar aliento a otras y eso fue lo que hizo ella en todos estos años: me ha dado un ejemplo de amor, de comprensión, de confianza en Dios que no olvidaré jamás.
Ahora rezo para que el tránsito no sea difícil y para que, cuando llegue al Padre, vele por nosotros. Me gustaría tener un léxico más bonito, poder escribir los sentimientos que siento hacia a ella con palabras más bellas; pero sólo puedo decirle ¡gracias!.




Madre de Dios y Madre mía:

atiende mis súplicas en la vida

y a la hora de mi muerte,

guíame al cielo

para que pueda adorar

a mi Padre

eternamente.

Amén.

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